2.4.24

Santa Justicia

        Cuando era chica tenía un punzante sentido de la justicia: “esto no es justo” era una de mis frases más frecuentes.
        La Santa Justicia, siempre presente en mi vocabulario, aún sin saber a ciencia cierta qué era la justicia. Y sin saber que el mundo es cualquier cosa menos justo.
        He perseguido dos cosas durante toda mi vida: la confirmación de un Otro de mi suficiencia final, y la justicia de recibir alguna vez de vuelta todo lo que doy.
        Todavía sigo buscando.

Cuando estás agotada de buscar lo que no aparece, empezás a tomar decisiones impulsivas, sacando a jugar a la inestabilidad emocional, y metiéndote en situaciones imprevistas donde hay mucho, sí, pero no lo que querés.
Donde hay un tacto, pero no el que esperás, y entonces mentís.
Donde sonreís escondiendo que sabés que querés otra cosa, que podrías conformarte con eso, pero que no es la intensidad animal que ya conocés y aprendiste a extrañar. Podría conformarme y sentar cabeza, pero sería una mentira, y me he jurado no vivir nunca más en el engaño.
        No, él no es vos.
        Nadie es vos, y eso no es su culpa, pero tampoco la mía.
        Ya sé que está mal, ya sé que es cruel siquiera pensarlo, pero no pude evitar la comparación, la búsqueda, lo que no estaba ahí. No es justo, no deja equilibrada la balanza de la Santa Justicia, pero es lo que es.
        Siento que estoy siempre buscando una Piedra Filosofal que ya encontré, y de la que estuve forzada a separarme, mientras suena de fondo Easy as Life de Aida intentando convencerme de que es lo correcto, cuando es lo menos correcto que sentí en mi vida, cuando lo correcto sería revolver cielo y tierra para conseguir que lo que siento no se me muera en las manos, que no se vaya lo más puro que pude defender.
        ¿Cómo olvidar el momento en que giré la esquina y ahí estabas? Los nervios, el miedo, pero también el click automático, tu sonrisa enorme, la magia sucediendo. La enloquecedora alquimia primal de tu tacto.
        Nada de eso ayer, nada de eso ahí, y yo me encontré preguntándome qué hago buscando por todos lados algo que ya encontré.
        Ahí donde la suficiencia se borra, y lo que recibo se parece un poco más a lo que doy, más allá de que nunca sea igual, porque yo lleno las copas de todes mis amantes sin preocuparme si vuelven a llenar mi vasija. Pero de tu febril copa algo de vino maldito vuelve a mí, calmando un poco de tu sed animal y nunca toda.
        Entonces… ¿por qué estoy resignándome tan rápido y retirándome derrotada, con la cabeza baja? ¿Qué estoy haciendo?
        No me parece justo, tampoco equilibra la balanza.

        Hace un tiempo, en un texto que considero la declaración de amor más cobarde y hermosa que escribí, y cuyo destinatario jamás leyó, dije que mi corazón era como la habitación de las puertas de Alicia, llena de portales cerrados que dan a habitaciones olvidadas.
        Pero, a diferencia de ella, yo sí sé qué hay en cada una.
        Cada uno de ustedes tiene una puerta: hay una para el borrego, una para el palimpsesto, una para Adonis (que se volvió giratoria ya), una para Apolo, una para el Conejo Blanco, y una donde están arrumbados y amontonados todos quienes nunca llegaron a tener apodo siquiera, porque no se quedaron lo suficiente para que los escribiera y me encariñase finalmente de la imagen que logra mi prosa desordenada, que no es su esencia, sino un trazo a mano alzada de ella.
Y una para vos, que sigue abierta.
Porque las otras puertas están cerradas, clausuradas, apagada la luz que iluminaba cada una de esas habitaciones, muerto el lenguaje que le daba fuego a esas conexiones, olvidado el motivo que me llevó a quererlos y escribirlos como si a fuerza de cadenas significantes pudiese retenerlos a mi lado.
Nunca pude. Nunca se quedan.
Me desean, me poseen, me hacen dar trompos en sus brazos y caerme al piso, pero nunca deciden quedarse para ayudarme a levantarme, y tengo que abandonar sola el suelo, siempre lo suficientemente hermosa para que sean mis dueños temporales, nunca lo suficientemente hechizante como para que caminen conmigo.
Ahhhh, la suficiencia otra vez.
Creí, flaquito, que venías a barrer con eso, qué ilusa, que tonta, qué infantil esperanza creí que me traía tu aterciopelada voz.
Cómo me creí merecedora de encontrar la Piedra Filosofal, cómo pensé que iba a ser diferente solo por animarme a escupir la cadena significante que siempre pude dibujar en papel, y nunca con la voz.
Cómo creí merecerte, cómo me creí suficiente, cómo pude pensar que tenía chace siquiera de que tus ojos me miren, qué golpe duro contra el piso otra vez, qué ganas de llorar sin que se me caiga una sola lágrima, qué sensación total de derrota en todas mis batallas en esta guerra absoluta, y qué ganas de rendirme de una vez por todas.
No estás, no estarás.
Brilla por su ausencia la Santa Justicia.

Mientras que todas las puertas están cerradas y a oscuras los recuerdos manchados que contienen, la tuya está, por ahora, abierta.
Y dentro de tu habitación, minuciosa y microscópicamente decorada con cada una de tus palabras, hay todavía una luz que en estos últimos días flaqueó, amenazó con apagarse, y se opacó…pero vive todavía.
Las otras luces eran oscuras, rojas, amenazantes, violáceas: no eran puras, eran fuerzas tanáticas que me empujaban al vacío. Incluso la luz del borrego, una vez tan blanca que enceguecía, se convirtió en un revoltijo sangriento que luego me dejó en las más asesinas tinieblas, químicos en mis venas, vacío en el corazón.
Pero la tuya no es oscura: tiene un halo pastel claro, más realista que un blanco helado, pero más puro que cualquier cosa que haya sentido en muchísimo tiempo, y es por eso que no quiero renunciar a ella: es pura, es sana, y no me hace querer correr a los brazos de la Parca, sino a…bueno.
Sentada frente a la puerta de tu habitación, en el suelo, mis ojos marinos lloviendo lentamente, miro el orbe lumínico que creaste sin saberlo, y sé que de este enfrentamiento muere una de nosotras: es matar o morir, mato a la luz, o ella me mata a mí.
Pero cuestiono ese saber, ¿es que acaso no hay una forma de que podamos coexistir? Es la primera vez que me enfrento con una luz tan pura, y estoy demasiado acostumbrada a tener que matar emociones para sobrevivir yo. Es lo que he hecho toda mi vida: muerta la emoción, censurado el sentimiento, cerrada la puerta a cal y canto, vivo para pelear mañana. Un triste automatismo de legítima defensa: es justo matar si es para vivir yo.
¿Será igual esta vez?
Está en mí la fuerza que haría que pueda matar la luz, ahogar su halo, apagarla de una vez, y transitar el triste proceso de tapiar tu puerta, echar las siete llaves que encierran su contenido, olvidarme que alguna vez creí que podías habitarla.
Y una vez que una de las puertas se cierra, nadie puede ocuparla: pueden aparecer puertas diferentes, infinitas como amantes pueda tener, pero nunca materializarse en una puerta cerrada. Son solo sus espectrales habitantes quienes pueden atravesar sus sellos y volver a encontrarme. El palimpsesto lo hizo, derribando su puerta para que tuviera que volver a cerrarla más fuerte aún, un millar de perlas no dichas encerradas con su fantasma ahí adentro.
Vuelvo mi mirada a tu puerta.
Sí, está en mí esa fuerza, en mi mano el cuchillo.
Pero… ¿quiero usarla?
Levanto la mano, intento blandir el arma…y no puedo.
Más bien, no quiero.
No es justo, no entra en mi definición de justicia tener que renunciar a la escurridiza Piedra Filosofal que encontré.
No, no puedo, ni quiero, ni voy a hacerlo.
Pero como tampoco puedo poseerla, encerrarla, ponerla a mi nombre, me limito a mirarla desde el suelo, en un charco de mi propia tristeza, mientras fuera de mi corazón mi cuerpo hace una entrega automática y poco verdadera, porque importa menos la presencia concreta de ahí afuera que el fantasma que me atormenta desde adentro.
Puedo, incluso desde una cama extraña, sentarme a mirar la luz en tu habitación. Puedo verla también mientras camino a casa, huyendo de mis acciones injustas, recorriendo calles poco conocidas hasta que un paisaje familiar como el tuyo me abraza y me consuela para que llegue a escribir estas líneas.
¿Cómo voy a matar lo más puro que pude construir en años? ¿Cómo apagar la única luz con la que puedo convivir aún sin tenerla?
No puedo, no quiero, no es justo.

¿Es esto una tregua?
¿O al no blandir el arma me condeno a una luminosa destrucción?
¿Hay Santa Justicia en mi voluntad de cordero sacrificial?
Como todas mis respuestas de diciembre a hoy, es un enorme “no lo sé”.
La nube de incertidumbre me rodea, me ahoga, me amenaza, y yo me largo a la búsqueda de una salida a tientas, pero sin encontrarla, y tengo que acostumbrarme a vivir en un nebuloso y desesperante no saber, inmersa en el escalofrío de la duda.
        Viendo que pierdo, que la luz se apaga, y sin poder hacer nada.
Viendo cómo vuela lejos aquello que quise defender, y cómo ese clavo otrora salvador oxida y envenena cada centímetro de mi cuerpo.
Viendo cómo la Santa Justicia, una vez más, se quita la venda de los ojos para señalar un veredicto en mi contra.
Viendo cómo sigo siendo terriblemente insuficiente, y nunca vuelve lo que doy.
Y viendo cerrarse, una a una, toda posible puerta, apagándose cada luz, condenándome a la oscuridad eterna.

17.3.24

Lo que sé, lo que sentí, y lo que pagué

        El viento en la cara me devuelve un fresquito distinto.
        Bailo más ligera, como si los talones no tocasen el piso.
        Se acerca el otoño, pero se vive una primavera anticipada, con una invasión de mariposas en toda la Capital.

        Un poco me desconozco.
        Y no en el limítrofe sentido de siempre, en que la manera en que las cosas me representan se marchita antes de que pueda coserlas a mi ser.
        Me desconozco en la madurez, en la tranquilidad, en la vulnerabilidad. Desconozco el arrojo que me llevó a abrir la boca y vomitar lo imposible, porque honestamente, nunca lo había hecho.
        Siempre habían decidido por mí: todos lo hicieron. Nunca quebré el silencio de esta forma, no hubo otro momento así.
        El miedo corría por mis venas como un veneno frío, acuchillándome con sus cristalinas agujas. Y aún así, lo dije.
        Desordenado, desorejado, poco poético, impensado. Pero lo dije.
        En el teatro musical, cantamos y bailamos porque las palabras no nos alcanzan. Pero acá ningún gesto podía reemplazar a la confesión de parte. Ninguna de mis caricias era suficiente para que se entendiera el mensaje, y me vi obligada a construir la cadena significante a la que más miedo le tuve.
        Porque cuando la última vez que la construiste, le viste la cara a la muerte, y encima ella también te abandonó, no querés volver a construirla…o sentirla.

        “Pero lo que yo sé y lo que yo siento son dos cosas distintas”.
        Yo sé que no hay futuro en este país desguazado.
        Yo sé que no hay nada más importante que lo que te están negando acá.
        Yo sé que caí a tu vida, más un gremlin que un hada perdida, en el peor momento posible.
        Yo sé que hay desigualdad de condiciones y que voy a perder, por lejos.
        Yo sé que no estás, y no estarás.
        Yo sé que no puedo pedir nada. De hecho, no pido mucho.
        Pido que no desaparezcas en la nube de humo de lo imposible, como la sonrisa del gato de Cheshire, dejándome perdida en el País de las Maravillas.
        Solo te pido que estés, y las condiciones poco me importan ya.
Si el filo de la ausencia me apunta una vez más mientras intento mantener el equilibrio en la cornisa en la que vivo, no es momento de ponerme quisquillosa, exigente, o pedigüeña. Soy adulta: puedo vivir con lo que hay, y si estás en mi vida, dejame a mí el trabajo de lidiar con mis contradicciones.
He hecho equilibrio toda mi vida. Puedo arreglármelas con eso, que es lo que mejor me sale, así que no te preocupes por mí.
        No quiero etiquetas vetustas, ni encajar en moldes de cristal. No me sirve si te llevan lejos, para eso ya está la vida. Para eso el futuro incierto con su tictac de reloj insoportable recordándome que tenemos los minutos contados.
        Quiero tus ojos redondos abriéndose grande cuando contás algo que te interesa. Quiero tu risa silenciosa cuando digo algo particularmente gracioso. Quiero tu tacto hipnótico, adictivo, a cualquier hora del día. Quiero esa sonrisa inmensa, incomparable, quiero tu voz suave, quiero la seguridad de poder decir cualquier cosa y que me abraces sin salir corriendo.
            No quiero etiquetas estúpidas, quiero que estés acá.
            Yo sé que no tiene sentido, pero a la vez siento que sí.

No voy a decir que no tengo miedo. No soy tan soberbia.
Lo desconocido trae ansiedad, incertidumbre, latidos que se disparan, pensamientos intrusivos, recuerdos teñidos de rojo del peor abandono que sufrí.
Pero esta vez no fueron ruegos desesperados a un borrego frío y cansado de mis desplantes obsesivos. No me puse de rodillas en el piso frente a un dios con pies de barro suplicándole una clemencia que jamás me mostraría, mientras hundía su cuchillo en el fondo de mis entrañas.
Esta vez fue una escucha cálida, un abrazo contenedor, una respuesta honesta. Del otro lado no estaba el verdugo que esperaba: estabas vos, arrastrando las eses de la manera más tierna posible.
Y ahí sí pensé: “que me mate si quiere, que me abra la yugular de un mordisco y me desangre, que en este momento me podría morir feliz”.
Caminando por Corrientes, viento en la cara, talones ligeros, mariposas en el aire, me pregunté cuánto estaba dispuesta a dar.
Y en mi cabeza sonó una melodía clarísima, a modo de musical respuesta, con mi propia voz a la vez cálida y quebrada, llanto hecho canción: “y te veré volar, volar / yo te protegeré, mi vida / volá, volá, escapá / no nos pudimos despedir, adiós / no hay nada que explicar, mi vida / quizás es porque sé que algún día volarás a mí”.
Quiero que vueles, no porque quiera que te vayas (todo lo contrario), pero porque no hay muestra más pura de cariño desinteresado que darme cuenta que tenés que irte para encontrar tu lugar, y abrirme a un lado para dejarte paso.
Y si te vas (te me vas) al más recóndito lugar de Europa a cumplir ese sueño, o a alguna universidad fría en Canadá, a caminar la ruta que te corresponde, sé que vas a volar a mí, aunque sea en un mensaje, una canción, un recuerdo. No serás todo, serás algo.
        Seremos algo a la distancia. No me importa qué: algo.
Frente a la nada, te juro que “algo” suena como una bocanada de aire después de nadar desesperadamente a la superficie.
Tanto tiempo hubo nada, y ahora acá estás…

Ya no quiero perder, quiero ganar. Ganar algo, aunque sea.
Una victoria parcial sería mejor que nada. Ya lo es.
Estoy cansada de perder, me duelen los huesos de llorar pérdidas inevitables, algunas muertes, muchos abandonos desperdigados en mi historial.
Mi corazón es un archivero gigante de lo que perdí, lo que no llegué a tener, lo que se escapó de mis dedos, agua turbia de amores en sepia. Hay en sus rincones polvo de los pedacitos que nunca podría volver a pegarle, sombras de las partes de mí que se murieron cuando nadie las quiso escuchar.
Hoy me escuchaste, y yo te lo dije, te lo dije clarísimo: no quiero perderte.
Y para no perder, estoy dispuesta a pagar precios que nunca antes pensé ofrecer. Puedo compartir tu tiempo, puedo quedarme sabiendo que es temporal, puedo concederte muchas cosas, puedo darte el mismo cuchillo que esgrimió el borrego para matar mi parte más inocente y amorosa, arriesgándome a dártelo con la profunda y quizás muy infantil esperanza de que no lo uses contra mí.
Porque para ganar, hay que arriesgar.
        Para ganar, hay que hacer sacrificios,
        Y hoy puedo vislumbrar, aunque al archivero de mi corazón pulverizado le duela un poco, que sacrificar un ideal nebuloso, bajándolo con una flecha certera del pedestal en el que estaba, para ganar tu calor, tus ojos redondos, tu sonrisa incomparable y tu tacto nocturno, parcial pero real, compartido pero a la vez mío, es un precio más que justo que puedo pagar sin desarmarme.

29.1.24

Conejo Blanco

        Fecha original: 25 de julio del 2023.
        Destinatario original: qué importa ya.

        El comienzo del olvido, otra vez.
        El momento en que decido que ha sido suficiente.
        Que yo no he sido suficiente.
        Que me retiro de la batalla, pañuelo blanco en alto, rogando una tregua para enterrar a mis muertos en paz y lamerme las heridas como el animal salvaje que soy.
        Cuántas veces habrás olvidado lo que querías recordar, cuántas habrás rogado olvidar lo que recordabas, y cuántas más te habrás convencido de ser la anacrónica musa de Borges y su Funes el Memorioso.
        Cuántas veces habrás jugado este juego ya.

        Mis olvidos son jaulas imperfectas.
        Sus barrotes no siempre encierran a sus prisioneros como me gustaría, y a veces salen a jugar, espectralmente alados en medio de mis delirios, condenándome a vivir en una casa de espejos donde las imágenes que vuelven son mías, pero son siempre de otros.
        No hay olvidos perfectos para quienes no tienen amores perfectos, no hay paz del cementerio para quienes respiran todavía.
        Mis olvidos se abren en la noche y dejan salir esquirlas de perfume, voces inconexas, tactos desvaídos, sonrisas en sepia.
        Torturas nostálgicas de ayeres reales e inventados, pero igualmente funcionales a la hora de envenenar este presente desabrido con un dolor persistente, sordo, crónico.
        Ahhh, olvidar.
        Algo que solamente podría desear.

        Y sin embargo lo intento.
        Intento arrancar la imagen del pensamiento, lobotomizar el corazón, dopar el deseo animal, a sabiendas de que es imposible.
        Siempre algo logra escapar de la censura: la mirada fugaz de unos ojos café amielados, una sonrisa conejuna, la sensación de un roce particularmente indebido.
        Así debe sentirse un adicto luchando contra la abstinencia.
        La diferencia es que yo nunca pude probar mi droga.

        ¿Cómo olvidar lo que nunca tuviste?
        Siempre fuiste un fragmento de mi imaginación.
        Has sido siempre el Conejo Blanco que perseguí por todo el País de las Maravillas, cayendo a través de espejos, en huecos inesperados, igualando la locura del Sombrerero y resguardando mi cuello de la voluntad de la Reina, porque moriría si se entera que pinté sus rosas blancas de rojo.
        Pero la Reina igual me encontró, y decretó mi muerte cuando todavía no había podido dar ni una sola pincelada.
        De no haberte visto, Conejo Blanco, no estaríamos acá.
        No pendería tal juicio sobre mi inepta cabeza, no estaría a la espera del verdugo en el cadalso. De haber sabido que todo el tiempo tu lealtad pertenecería a la Reina de Corazones, me hubiese ahorrado el esfuerzo.
        Maldigo mi curiosidad carrollesca, porque ahora tengo que lidiar con las consecuencias de esta cacería surrealista en la que me metí, o en la que me convenciste de meterme.
        Aún no estoy segura.
        ¿Y por qué soy yo, y no vos, quien debe perder la cabeza?
    
        Quizás en el afán de olvidar me olvidé de mis razones y escrúpulos.
        En la adrenalina de la cacería no hay bien ni mal, moral ni amoral, sino presa y depredador, depredador y presa, conejo y bestia.
        En el afán de olvidar me estoy olvidando adrede de que soy humana, para olvidarme de la culpa que me da perseguir lo prohibido.
        Pero siempre recuerdo.
        Que está prohibido, y que lo deseo como a nada.

1.11.23

Fallidos laberintos

 
Sí, sí puedo.
Con todo puedo.
No, no hay problema.
No, por favor, faltaba más.
Cómo no lo voy a hacer, cómo no voy a poder.
 
    Cómo voy a decir que no, cómo voy a fallar, si un paso en falso me relegaría a la más absoluta iconoclasia y muerte simbólica.
    La falibilidad que tolero en los demás me está prohibida, no es nombrada, es el tabú de mi existencia.
    Ha quedado en los laberintos de lo Real.
 
    Fallar no me está permitido.
    Nunca lo estuvo, a decir verdad.
    La niña diez, la adolescente prodigio, la abanderada, la doble titulada, la Cuadro de Honor de la UBA, la profesional exitosa, la artista consagrada.
    Y sin embargo el fracaso se cuela por las grietas de mi perfección (auto)impuesta y maquillada, reptando por cada hueco donde puede recordarme que no seré jamás la imagen de la perfección.
    No fuiste, no sos, no serás.
    No te elegirán.
    Hay algo que nunca vas a poder lograr.
    Siempre hay una más bella, más inteligente, más buena, más interesante, que me destrona cuando mis dedos rozan la corona de espinas de mi inalcanzable meta.
    Siempre es otra.
    O seré que yo siempre he sido otra, pero si fuese otra, ganaría.
    Soy yo, y no sé quién soy.
    Nunca lo he sabido, a decir verdad.
 
    Estoy condenada a una existencia de cornisas y exabruptos bien silenciados, polvos bien guardados bajo la alfombra de mi aparente normalidad.
    Acá no ha pasado nada, Dios te Salve María, y adelante.
    Pero no hay adelante, hay abismo.
    No hay atrás, hay abismo.
    Hay solo una franja finísima donde el equilibrismo de mi mente me sostiene a duras penas, tratando de no caer.
    Tratando de no fallar, porque si fallo, muero.
    Si fracaso no existo.
    Y quizás quiero fracasar para ya no existir, pero hasta en no existir he fracasado, porque hasta de ese trono me han podido sacar con sus redondas y químicas patadas.
    Mi existencia misma es un acto fallido, nacido de la falla de la muerte.
    Ni eso pude hacer bien.
 
    Y acá estoy.
    Recorriendo caminos diferentes que me devuelven una y otra vez a la sangrienta Roma de la insuficiencia, al Coliseo de mi estupidez porque cómo puede ser que en casi 29 años no haya aprendido que hay cosas que no llegaron porque no llegarán, o porque se fueron y no van a volver nunca.
    Buscando en el eterno rostro del espejo algo que pueda reconocer y llamar mío para poder luego ofrecérselo a alguien que querrá venderlo en una subasta al mejor postor para beneficio suyo, claro está.
    Porque yo de eso nunca he sacado rédito alguno.
    Me poseen como mercancía y me dejan, me tienen en una prisión de cristal para mirarme sólo cuando quieren, y nunca cuando pido que me miren.
    Me desean porque no me conocen, porque no saben que debajo de la apariencia de sirena yace Medusa transmutando todo lo que ve en piedra.
    Quizás por eso no quieren mirarme.
    O quizás porque no soy digna de sus ojos.
    El resultado, de cualquier forma, es el mismo: mi humanidad perdida, negada, mi valor reducido a cenizas, mi alma, si tal cosa existe, al borde de la desaparición.
    Ahhh, fallar, una vez más.
    Pero como fallar no se me permite, una y otra vez lo intento.
    Y una y otra vez pierdo: la batalla, el tiempo, la esperanza, el aliento.
 
    Y escucho, en la pérdida, las voces socarronas de los exitosos que afirman que alcanzar la corona de espinas es fácil.
    Que llegará a su debido tiempo.
    Y yo no sé si puedo esperar al debido tiempo.
    No sé qué de mí quedará cuando llegue el debido tiempo.
 
    Soy el Minotauro de Borges que ya no quiere defenderse.
    ¿Quién querría, en mi lugar?
    ¿Quién podría seguir intentando inútiles estrategias militares para perder todo el tiempo el dominio de lo que debería ser suyo por derecho?
    ¿Y quién en su sano juicio elegiría a un monstruo que en su violencia solamente busca la redención?
    ¿Quién querría acompañar al Minotauro en el laberinto, si afuera está Ariadna tendiéndole la mano?

6.5.23

Sísifo en el cadalso

 
    Ahh, el frío.
    El frío interno recorriendo cada arteria, cada vena, hasta el último capilar.
    Parálisis gélida de cada uno de mis músculos preguntándose si será la última vez, a sabiendas de que soy Sísifo en su tortura interminable.
    Volvió el frío.
    O tal vez nunca se fue.
    Porque en esta cornisa soplan vientos helados directos desde los glaciares patagónicos, que atraviesan mi garganta con sus esquirlas de hielo.
    Y en el viento se repiten los acordes de la vieja canción del abandono, el reemplazo, la insuficiencia, y la fiel obediencia.
 
    Vivir en la cornisa implica que se vayan arrojando al vacío partes de vos que nunca vas a ver volver.
    Y el frío envolviéndote cada vez más fuerte, cada vez más adentro.
    Cada vez más frío un corazón cada vez más roto, y a la vez inexorablemente cada vez más insensible.
    No hay lágrimas que expresen el cansancio de vivir, no hay éxito que compense lo que nunca pude alcanzar.
    La cima de la victoria parece llegar y luego se esfuma dejándome nuevamente en la cornisa, a punto de caer.
    Quiero caer.
    Estoy harta de hacer equilibrio.
    Me duelen los dedos de agarrarme a lo poco que me queda, y ya no tengo fuerza en medio del frío que me consume y entumece.
    ¿Cuánto puede aguantar un ser humano? ¿Cuántas horas de dolor, cuántos gramos de desidia, cuántos kilómetros de desamor?
 
    Podría haberme salvado.
    Podrían haberme salvado, y uno tras otro eligieron no hacerlo.
    Eligieron a otra, y yo tengo frío y elijo rendirme.
    Cada quien elige lo que puede, y yo ya no puedo.
    No quiero ni puedo seguir librando esta batalla perdida y demencial contra un destino escrito en piedra y rociado en sangre.
    Basta, ya basta, por piedad ya basta.
    Ya son años huyendo del frío hasta quedar sin aliento.
    Quizás debería dejarme ganar, arrojarme a las gélidas aguas que siempre han esperado consumirme, soltar la cornisa.
    Pero así como no me salvan, tampoco me dejan soltarme.
    Vivo en un limbo impuesto por otros: mi cornisa al final no es mía, es un juicio externo, armado sobre las ruinas de mis posibilidades de triunfar.
    Construyeron para mí un cadalso eterno, me subieron, y me dejaron acá sin verdugo que me ejecute.
    Por favor basta, tengo frío, estoy agotada, y ya no siento nada más que la impaciencia de esperar el final.
    Nótese que ya no pido ni siquiera un acto de amor, ni un gesto de cariño, ni saberme finalmente suficiente y elegida.
    Pido que se termine con mi miseria y tortura.
    Pido algo más que justo, porque bastante se han divertido ya con mi desgracia.
 
    Me han empujado a la locura, para luego condenarme por ella, y encerrarme con sus cadenas redondas tomadas a intervalos regulares.
    Me han prometido amor con palabras bonitas para luego dárselo a otras personas en mis torcidas narices, dejándome con tanto amor sin destinatario pudriéndose acá adentro.
    Me han presionado para cumplir con sus propias varas de la suficiencia, solo para correrlas de mi alcance cuando puedo rozarlas.
    Me han forzado a tratar de ser siempre la mejor, la más inteligente, la más hermosa, la más flaca, la más talentosa, para luego verme reemplazada y empujada a un lado por alguien que no puede ni llegar a mis talones.
    Una vez, dos veces, todas las veces.
    Me han dicho que no soy suficiente, y a la vez que soy demasiado, como si hubiese una justa medida del ser que no estuviese alcanzando o comprendiendo.
    ¿Qué es “ser en la medida justa”? ¿Qué demente inventó este juego de la cordura y la suficiencia?
    No entiendo las reglas, para mí no es divertido: es un juego de la Oca siniestro que conmigo siempre vuelve a comenzar aunque los demás jugadores egresen victoriosos.
    Ya no quiero jugar, porque con cada partida se me hacen nuevas grietas por donde entra el viento frío.
    Y sin embargo sigo acá, cada vez más muerta, pero sin dudas aún viva.
 
    ¿Cuánto tiempo más hasta el descanso? ¿Cuándo llega el alivio y se termina la tortura?
    Si solamente será con el verdugo, pongo mi cuello en la guillotina: ya no hay nada en este mundo para mí.

8.12.22

En la cancha se ven los pingos

 

“¿Y si no ganamos?” 

“Tenés que aprender a tomarte las cosas con calma, yo a vos te conozco”. 

“No, no te pongas así, ojito con la esperanza, que después te estampás contra la pared”.

“Bajale tres cambios a la intensidad”.

 

Frases célebres escuchadas una y otra vez como un loop inexorable de gente que no entiende, ni podrá entender.

De un lado mi desborde ciclotímico estallando a intervalos cada vez más cortos, del otro lado el Comité de Arbitraje de Personas Normales juzgando cada acción y decisión que tome, por pequeña que sea, chequeando con el VAR a ver si me pasé de la raya realmente, o si vale la jugada.

Y en el medio estoy yo, haciendo equilibrio en la fina cornisa en la que vivo 24/7.

.

Quién carajo se podrá tomar las cosas con calma, me pregunto yo, ¿no?

Está bien, acá en Ciudad Neurótica la calma no es un concepto que se maneje muy a menudo, pero no me van a decir que no estuvieron nunca en mi lugar.

No me van a decir que nunca los dejó en offside un par de [censurado por mi propio bien]…A mamá escritora con cuentos mal rematados, no.

No se hagan los superados, que acá hemos perdido más de una vez la cabeza por eso-que-ya-sabemos.

 

La diferencia es que yo nunca tuve la cabeza bien puesta sobre los hombros, y que acá la palabra que representa eso-que-ya-sabemos está proscrita, es mala palabra.

.

“Se busca: la cordura de Malena.

Vista por última vez en 1994, a minutos de su nacimiento”.

 

No tengo recompensa que ofrecer para recuperar lo que perdí antes de saber lo valioso que era, ni tengo solución para el nudo gordiano que armé para vivir sin ella, donde existo sin principio, final, ni norte.

El nudo es mi propio ser, que une simbólico, imaginario, real, y otras yerbas.

El nudo soy yo.

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Y acá estoy, anudando palabras, escribiendo una vez más las incoherencias que me salen de la cabeza como si alguien fuese a leerme con un módico interés a pagar en cuotas, como si mis palabras fuesen moneda de cambio a ofrecer por un pasaje al Mundial de la Normalidad, exorcismo verbal de una locura vieja como el tiempo y de la que ya sos campeona.

Como si, como si, como si, la vida en un eterno “como si” mientras pasa el tiempo y yo no hago realmente nada con todo lo que tengo.

Resolver pendientes no es hacer.

 

Hacer sería tirarte a la pileta y patear esa pelota porque hacer sería hacerse cargo de lo que te pasa, pero lo veo poco probable, porque ahí abrís la puerta al juego y vos no querés jugar.

Vos querés ganar el partido sin jugarlo, y eso no se puede.

Los pingos se ven en la cancha, pero vos le tenés terror al pasto, aunque sabés que el equipo contrario te está esperando para dar la batalla.

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Porque, a ver…soy loca, pero no como vidrio.

Puedo preguntarme hasta el hartazgo si lo que estoy viendo es real, y también puedo preguntarme qué vendría a constituir el estatuto de lo real en este mundo distópico, caótico, neurótico como yo.

Bueno, neurótico, lo que se dice neurótico, no. Más bien…limítrofe. Pero divago, as usual.

Podría dudar de mis capacidades como narradora de los hechos que me involucran, podría dudar de mi memoria, de la lectura de esos ojos, de lo que dicen por ahí, de las palabras y las tiritas de notificaciones que no se las lleva el viento porque viven capturadas en el instante de una foto digital.

Puedo y podría, pero no vale la pena, porque los hechos son los hechos.

 

Puedo hacerme gaslighting hasta convencerme de que nada de lo que vi es real, y aún así, seguiría siéndolo.

Aunque no lo creyera.


Pero entonces no actuaría y perdería el partido por walk-out, que no sé si no es peor que perderlo habiéndolo jugado honestamente, cuando sabés que el equipo contrario, de nuevo, ya está en su posición.

Aceptaron jugar este partido, lo que debería indicarte más o menos tu posición en este fixture errático de figuras fantasmagóricas.

Estás en la liga, porque si no, no habrían venido a jugar.

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Ajjj, qué metáfora desagradable, forzada, tirada de los pelos en este texto unido solamente por la fe colectiva de mis 45 personalidades, se nota que de fútbol no entiendo un carajo, aunque mi limerencia trastornada y siempre al límite haga que esté temporalmente en modo termo Lumilagro aguante la Scaloneta DALEEEE BOOOO.

De muchas cosas no entiendo, y de otras me hago la que no puedo ni quiero entender, pero entiendo muchísimo más de lo que querría.

Gajes de ser una habitante limítrofe de cornisas emocionales finitas como la línea que me separa del barranco psicótico.

 

La maldición de vivir en la cornisa es que ves las cornisas ajenas, y les gritás sin ningún tipo de utilidad que cuidado, que se van a caer.

No te escuchan, pero vos lo intentás.

La maldición de vivir en la cornisa es que nunca sabés si te vas a caer en un colchón salvavidas, o si te vas a romper el cráneo contra el asfalto.

Ahhh pero bien que siempre querés saltar, maniática.

Ya te gustaría saltar.

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            No estoy yendo a ningún lado en particular con estas líneas erráticas porque con este texto no pretendo ganarme el Nóbel de Literatura, ni ningún premio auspiciado por malvadas corporaciones editoriales. Le sobran emociones, le sobran comas, le sobra fútbol, y le falta hilo conductor.

Mis pingos literarios se verán en otras canchas, esta cancha es solo mía (¿lo es?), y está para ordenarme las ideas, despejarme la bruma mental, y salir de una vez a dar el puto partido en el que solita, solita y por mi propia voluntad, decidí meterme.

Nada de lo que estoy escribiendo tiene sentido porque nada de lo que estoy sintiendo viviendo tiene sentido, y si mi mente no tiene el famoso hilo rojo de la coherencia cósmica y kármica (dhármica no, por favor, eso sí que no), no lo tendrá nada que salga de ella, ni nada que salga de mí, que vendría a ser lo mismo.

Nada de lo que estoy haciendo ni escribiendo se parece a nada de lo que hice ni escribí anteriormente y eso por momentos me tranquiliza, y por momentos me espanta.

 

Porque el equipo contrario tampoco se parece a nada de lo que haya enfrentado jamás.

En ningún sentido.

Tanto es así que perdería el tiempo intentando describirlo, porque como siempre sostuve, lo que escapa a la simbolización es porque sabe que los intentos de simbolizarlo serían no hacerle justicia.

Bue, bancá la mecha, futbolera falsa, poeta de segunda, lacaniana desencajada, limerente y demente que sueña despierta con lo que de noche no puede.

Eso sí estuvo de más, pero lo dejo, porque a los actos fallidos se les pone el pecho.

Podré no hacerme cargo de muchas cosas, pero de las asociaciones libres de mi inconsciente nunca he renegado, y como dicen por ahí, plata y miedo nunca tuve.

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Siento el vértigo en la entrada del estómago, el calor del verano de Buenos Aires, los acordes de una canción que temo reconocer, la ansiedad de unos cuantos millones de argentinos puestos en un lugar…y la mía en otro, aunque creo que a fin de cuentas es casi el mismo.

 

Juegan Argentina – Países Bajos.

Dudo, respiro hondo…y juego yo.

18.4.20

De cuarentenas y palimpsestos


Ayer, hoy, mañana. Repetir. Ayer, hoy, mañana.
Los encierros no son nunca el primer encierro: todos los encierros son el primer encierro.
Mi primer encierro.
Ayer, hoy, mañana.

En todos los encierros, en el primer encierro, faltan las mismas cosas. Existen las mismas cosas.
Tanto dolor por todos lados y tan pocos lugares donde esconderse.
Más ausencias que concreciones, más lugares vacíos de los que puedo tocar, de los que quisiera sentir.
¿Dónde está lo que nunca tuve?
Quiero correr, buscar, encontrar, y sólo hay niebla.
No quiero estar acá, pero tampoco quiero estar en ningún lado.
No me gusta estar en silencio, pero me quedé sin voz.

Hora 45 del día 350 de febrero.
Sueño con el pasado feliz, con la consciencia de que está perdido. Lo miro como una película de final cliché: yo sé que esos son actores, yo sé que la vida no es así, pero me dejo encantar por el amor idílico y los abrazos de ausencia. Estoy abrazando una nube en plena cuarentena, cortando la tristeza de hoy con la felicidad de ayer.
Y en el sueño van y vienen, van y vienen, y de repente vamos y venimos, y ya no es el ayer perdido sino el ayer condicional, el que no fue. Y son ellos, pero somos nosotros, y ya no puedo mirar, tengo que ir y venir, ir y venir, tengo que ser, y ya no quiero ser, no quiero sentir, no quiero rozar el palimpsesto del sueño con los dedos porque lo voy a arruinar, se va a desgarrar su felicidad precaria.
Yo sólo quiero mirar.

Existís solo en mi cabeza, donde sentís más y dolés menos, y yo soy más linda y menos desbordada. Menos intimidante. Más normal. Menos no, y más sí.
Qué lindo sería sólo existir en mi cabeza.
¿Existiré sólo en la cabeza de alguien? ¿Seré un mal sueño? Quisiera poder despertar a mi soñador y desaparecer como se borra una pesadilla. Dejar sólo una sensación. Boom, me fui, no estoy.
Existir sólo en las noches de delirio cuando sale a jugar lo reprimido, lo que no debe ser.
Quizás lo que hoy soy no debiera ser.
No sé qué debo ser.

Y entonces no soy.
Respirar, existir, trabajar, eso no es ser.
Reducir el sujeto a la mínima expresión para sobrevivir.
Despertar, trabajar, dormir. Repetir. Despertar, trabajar, dormir.
Y al dormir, soñar.

Te sueño en todas las felicidades precarias donde sos todos y ninguno. Pura condensación y puro deslizamiento, acabás de alcanzar tu verdadero estado de palimpsesto.
Sólo que nunca te dije que eras un palimpsesto.
Desearía haberte dicho que eras un palimpsesto.
Y contengo el dolor en una caja minúscula donde guardo el collar de perlas de lo que no dije, y el veneno de lo que pude escupir, y las cosas que no puedo llorar. Donde también está lo que solía ser, y los duelos que dejé a medio terminar, y las cosas que soñé hace años con las que soñé ahora, porque ningunas fueron.
Donde solía haber una promesa: ahí.
Ahora existís sólo en mi cabeza, ahora el palimpsesto lo escribo yo.  

21.12.19

Belleza superyoica


Thomas Mann dice que la belleza puede atravesarte como el dolor.
Yo agregaría que es la belleza ajena la que puede revolverse como un cuchillo en una llaga. Dudo, realmente, que la propia sea un problema en tiempos de selfies y desesperación por engagement en redes sociales.
Es la belleza ajena la que se te puede clavar como una aguja en una vena y deslizar mierda en tu torrente sanguíneo, la que infecta tu cerebro como una toxina, la droga superyoica que es a la vez el deber de tener esa belleza y la conciencia de jamás alcanzarla.
El mandato de la felicidad, hoy por hoy, es un mandato de belleza.
“Sé bella, o no seas nada.”

Imagínense el daño que puede tener semejante imposición en cualquier psiquis inocente, especialmente de quienes aún están desarrollándola (ejem, niñes, adolescentes, ejem quienes más vulnerables son y más redes consumen).
Ahora imaginen ese daño potenciando por problemas de ansiedad y depresión subyacentes, por síndrome del impostor, por personalidad símil-borderline y perfeccionismo extremo.
Y ahora, agréguenle la destrucción adolescente de la violencia machista simbólica.
Voilá.
That’s me.

Las tres son increíblemente bellas.
No, no sólo fotogénicas: bellas.
Son esa clase de gente que te das vuelta por la calle a mirar con la mandíbula desencajada porque, ¿cómo alguien puede ir por la vida con ese nivel de seguridad, de delicadeza?
¿Cómo alguien puede ser tan linda a las 9 de la mañana en rodete de ballet y a cara lavada? ¿Cómo alguien puede sacarse selfies en tan primerísimo primer plano sin filtro y aún así ser prácticamente un ángel? ¿Cómo alguien puede ser tan linda que traslada ese encanto y esa luz a su arte?
¿Cómo alguien puede, sin siquiera pensarlo, cumplir tan a la perfección el mandato superyoico de la belleza?

Pero la tercera.
Uf.
Es hermosa.
Es tipo HOLY-SHIT-hermosa, con esa belleza sobrecogedora que es a la vez atractiva y demoledora, hipnótica y humillante: querés ser como yo (o estar conmigo, depende) y nunca podrás.
Cara simétrica, el lado izquierdo exactamente igual al derecho. Ese tipo de pelo que cae prolijo, lacio pesado, frizz inexistente, el corte milimétrico, ni medio mechón salido de lugar. Sonrisa brillante y parejita, dientes Colgate de molde, de las que nacen justo en el medio del arco de Cupido de los labios y se extienden hacia ambos lados a la misma distancia y en equilibrio.
Flaca pero lo suficientemente curvilínea, altura promedio. Físico que bastante bien concuerda con lo “hegemónico”.
Inteligente, mucho más que yo, a juzgar por lo que he leído de ella, con buen gusto, admirada, seguidora impoluta del guión progresista de cómo ser popular e indie y no fallar en el intento.
No me sorprende sentirme inferior a semejante mujer.
Tampoco me sorprendería ser juzgada inferior a semejante mujer. Si yo misma me reconozco menos, ¿por qué razón el resto no lo haría?

Quizás no es sororo andar comparándose con otras mujeres, ni es sano psicológicamente. Quizás es tóxico (más allá de que ahora TODO se ha vuelto tóxico, por ende, si todo es tóxico, nada lo es).
            Quizás no obedece al mandato opuesto al de la belleza, que es el mandato de la aceptación, del amor propio. Que, sano como es, sigue siendo un mandato impuesto: amate, tenés que amarte, amate, amateamateAMATE.
Somos personas. Y las personas sienten.
Las personas se comparan y se deprimen, las personas se sienten feas. No siempre las personas se aman a sí mismas, con más frecuencia es lo contrario. Conozco tantos brazos marcados y llenos de cicatrices que atestiguan eso…
Las personas tienen emociones que son socialmente mal vistas, feas o inadecuadas. Las personas indefectiblemente sienten celos, envidia, ira incontrolable, desagrado, miedo, odio.
Las personas se sienten insuficientes.

Yo me siento insuficiente, aunque no sea una novedad. Siento que nunca alcanzo esa vara por la que me cansé hace tiempo de saltar, porque nada de lo que haga, bien o mal, me acerca a ella.
Aparentemente no sólo es tóxico, sino que no está de acuerdo con ser feminista el sentirse insuficiente, el tener inseguridades, el mirarse al espejo y no gustarse.
No es así como funciona.
Ser feminista es entender esos condicionamientos y mandatos, pero no necesariamente hacerlos desaparecer de golpe. Conocer una realidad y entenderla no me permite, automáticamente, cambiarla o eliminarla (¿les suena? ¿Marx, fetichismo de la mercancía, Althusser, ideología?).
Yo puedo entender que depilarse no es más que un mandato patriarcal y aún así no poder dejar de hacerlo, como puedo perfectamente entender que el mandato de la felicidad y de la belleza son imposiciones externas y aún así sentirme mal cuando no estoy feliz todo el tiempo, o verme gorda y fláccida, o querer hacer desaparecer la celulitis y pensar en tratamientos de cosmética, o pensar que no soy atractiva para nadie así como soy.
No me hace menos feminista, me hace humana.
Y como humana me parece bastante más sano admitir que a veces tengo emociones que no son muy alegres, antes que hacer de cuenta que siempre soy una perfecta deconstruida.
            La deconstrucción no quita las emociones, la sensación de insuficiencia, la presión de ser bella, el sentimiento de inferioridad.   Solamente nos hace tomar conciencia de que no son emociones sanas pero…siguen ahí.
            Y, además, sentir que (me) “estoy fallando” a mí misma como feminista implica la idea de un feministómetro propio o ajeno, de una manera “correcta” de transitar el camino feminista.
            De no ser suficientemente feminista.
            Y ya estoy harta de juntar insuficiencias.

            Así que, sí, aunque suponga ser una “mala feminista”, me permito admitir que el mandato patriarcal-capitalista-neoliberal-superyoico de la belleza me cala más hondo de lo que me gustaría.
            Que no puedo dejar de compararme con esas tres bellezas monumentales y sentir que no llego a ese nivel, ni para mi propia percepción, ni para las ajenas.
            Que cualquier cosa que haga quedará corta al lado de lo que hagan quienes me rodean.
            Que hay emociones que no puedo controlar.
            Y que me molesta no ser una belleza encantadora, una inteligencia deslumbrante, un talento inigualable.
            Me duele no ser elegida.
            Me duele ser insuficiente.